Si alguien dudaba que Chris Evans podía actuar, ahora sus dudas han quedado despejadas.
La actuación de Evans es soberbia como el abogado junkie, Mike Weiss, obsesionado con un importante caso, el cual pondría al descubierto la corrupción en las compras de insumos del Sector Salud Norteamericano aún a costa de la propia seguridad de doctores y enfermeras.
Basada en una historia verdadera, esta película nos presenta el peso del poder, la política y el dinero ante la fragilidad de la vida humana, y la lucha de un abogado contra las enormes corporaciones y contra sus propios demonios, demonios que amenazan con perjudicar aún más esta lucha.
El personaje de Evans simula juicios ante sus prostitutas y amigos drogadictos, drogándose todo el tiempo de diferentes modos, pastillas, cocaíana, heroína. Es carismático, sin duda. Este abogado tiene más marcas de agujas que piel en el cuerpo y se da el lujo de hablar con una senadora con cocaína debajo de la nariz.
A primera vista no parece que la motivación de Mike Weiss para ganar el caso sea moral. Es un adicto, cuya esposa recién le ha pedido el divorcio por sus múltiples infidelidades, y que no tiene nada que perder en la vida. Esto lo lleva en un camino donde no parecen importarle las consecuencias de sus actos (su integridad física, su economía o la de su socio) pero al mismo tiempo parece buscar la redención de sus culpas en su compromiso con el caso.
A pesar de la brillante actuación de Chris Evans, la película es lenta, densa y no logra enganchar o involucrar a la audiencia con un personaje que no sea el de Evans, esto le resta las condiciones dramáticas que de otro modo no nos dejarían pegar el ojo soñando con 1 millón de agujas contaminadas.

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